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Fecha: 18 agosto, 2026
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Si la IA cambia el empleo, ¿tendremos que cambiar también el contrato social?

Una de las empresas que desarrolla la inteligencia artificial más avanzada está empezando a hablar de fondos públicos de inversión, impuestos relacionados con el trabajo automatizado, prestaciones desvinculadas del empleador y semanas laborales de 32 horas.

Informe de OpenAI sobre política industrial ante los cambios de la inteligencia artificial en el empleo

Una de las empresas que desarrolla la inteligencia artificial más avanzada está empezando a hablar de fondos públicos de inversión, impuestos relacionados con el trabajo automatizado, prestaciones desvinculadas del empleador y semanas laborales de 32 horas.

El dato merece atención.

OpenAI publicó en abril de 2026 Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First, un documento con propuestas para afrontar los posibles cambios económicos y sociales asociados al desarrollo de sistemas de IA cada vez más capaces.

Hay bastante especulación en sus páginas. OpenAI parte de un escenario de avance hacia lo que denomina superinteligencia y nadie puede asegurar que ese escenario vaya a producirse, ni cuándo.

Pero el documento plantea una cuestión mucho más inmediata: ¿puede mantenerse nuestro actual contrato social si la inteligencia artificial cambia profundamente el funcionamiento del mercado de trabajo?

La pregunta importa porque buena parte de nuestro sistema económico y de protección social se construyó alrededor de una idea bastante concreta: la mayoría de los adultos obtiene sus ingresos mediante el trabajo y buena parte de su seguridad económica depende también de su relación con el empleo.

Si esa relación cambia, quizá haya que revisar algunas de las instituciones construidas alrededor de ella.

OpenAI contempla un mercado laboral bastante diferente

El documento reconoce que la IA puede provocar la desaparición de algunos empleos, transformar otros y crear nuevas formas de trabajo.

También identifica un problema menos visible que la destrucción de puestos: que las empresas consigan fuertes aumentos de productividad gracias a la IA sin que los trabajadores reciban una parte equivalente de esos beneficios.

OpenAI reconoce incluso el riesgo de que las ganancias económicas terminen concentrándose en un pequeño número de compañías, incluida la propia OpenAI.

A partir de ahí aparecen propuestas que se alejan bastante del habitual debate sobre enseñar prompting o formar a los trabajadores en nuevas herramientas.

Entre ellas figura dar a los empleados mayor participación en las decisiones sobre cómo se introduce la IA en sus puestos de trabajo. La idea es que puedan influir sobre qué tareas se automatizan y establecer límites cuando la tecnología reduzca la autonomía, empeore los horarios o intensifique excesivamente las cargas de trabajo.

Pero las propuestas van bastante más lejos.

Un fondo para repartir parte de la riqueza creada por la IA

Una de las ideas más llamativas es crear un Public Wealth Fund, un fondo público de riqueza que permita a los ciudadanos participar de los beneficios económicos asociados al crecimiento de la IA aunque no posean acciones de las empresas que protagonizan ese crecimiento.

El planteamiento parte de una cuestión de fondo.

Si una parte creciente de la riqueza procede del capital tecnológico y una parte menor depende directamente del trabajo humano, las personas que poseen capital pueden beneficiarse mucho más del crecimiento que quienes dependen fundamentalmente de un salario.

El fondo intentaría ampliar esa propiedad indirecta.

No es exactamente una renta básica. La propuesta consiste en que el fondo invierta en activos relacionados con el crecimiento económico asociado a la IA y distribuya posteriormente parte de sus rendimientos entre la población.

OpenAI acaba de financiar además un proyecto del European Centre for International Political Economy para estudiar diferentes fórmulas de propiedad productiva, entre ellas participación de empleados, fondos ciudadanos, inversión a través de sistemas de pensiones y fondos sociales de riqueza.

La cuestión que aparece detrás de estas propuestas resulta especialmente interesante: si las máquinas producen una parte creciente del valor económico, ¿deberíamos ampliar también quién posee los activos que generan ese valor?

¿Y si los impuestos sobre el trabajo empiezan a recaudar menos?

Hay otra propuesta que toca directamente la arquitectura del Estado del bienestar.

Muchos sistemas públicos se financian en buena medida mediante impuestos y cotizaciones vinculados al trabajo.

OpenAI plantea que el desarrollo de la IA podría cambiar la composición de la actividad económica: más beneficios empresariales y rentas del capital y, potencialmente, menor peso relativo de las rentas laborales.

Si ocurriera, la base fiscal tendría que adaptarse.

El documento plantea aumentar el peso de los ingresos procedentes del capital, los beneficios empresariales o determinadas ganancias asociadas a la IA. Incluso propone estudiar impuestos relacionados con el trabajo automatizado.

Esto no significa que OpenAI esté proponiendo simplemente un «impuesto a los robots». El debate es más amplio: cómo financiar los sistemas de protección social si el peso económico del trabajo cambia respecto al capital.

Trabajar menos si producimos más

Otra propuesta conecta directamente productividad y tiempo de trabajo.

OpenAI plantea incentivar proyectos piloto de jornadas de 32 horas o cuatro días semanales sin reducción salarial cuando la IA permita reducir tareas rutinarias y mantener la producción.

La idea consiste en que una parte del aumento de productividad se transforme en tiempo.

También propone que esas ganancias puedan trasladarse a mejores aportaciones para la jubilación, cobertura sanitaria, cuidados familiares o tiempo libre remunerado.

Es una cuestión que probablemente adquirirá bastante importancia si los aumentos de productividad asociados a la IA terminan siendo grandes.

Porque producir lo mismo en menos tiempo puede tener resultados muy distintos.

Puede significar producir más con los mismos trabajadores.

Puede permitir trabajar menos manteniendo salarios.

O puede permitir producir lo mismo con menos personas.

La tecnología no decide por sí sola cuál de esas opciones prevalece. Dependerá también de las empresas, de la negociación colectiva, de las instituciones y de las políticas públicas.

Prestaciones que pertenezcan a la persona, no al puesto de trabajo

OpenAI propone también avanzar hacia sistemas de prestaciones portátiles.

Jubilación, formación y otras coberturas acompañarían a la persona cuando cambia de empresa, trabaja por cuenta propia, pasa por un periodo de formación o combina distintas formas de actividad profesional.

Es una propuesta especialmente interesante porque el mercado laboral ya se estaba alejando de las carreras profesionales lineales antes de la llegada de la IA generativa.

Si aumenta la frecuencia con la que las personas cambian de ocupación, alternan empleo y formación o trabajan mediante diferentes modalidades, vincular buena parte de su protección a una única relación laboral puede resultar cada vez menos adecuado.

OpenAI acaba de financiar un proyecto del Progressive Policy Institute precisamente para estudiar un sistema de prestaciones centrado en la persona que incluya jubilación, salud, permisos, educación, formación y discapacidad.

Redes de protección que reaccionen automáticamente

El documento plantea además crear redes de protección adaptativas.

La propuesta consiste en medir prácticamente en tiempo real indicadores como desempleo, salarios, calidad del empleo o desplazamiento sectorial asociado a la IA.

Si determinados indicadores superasen unos umbrales previamente establecidos, se activarían temporalmente medidas como mayores prestaciones por desempleo, ayudas económicas, seguros salariales o bonos de formación.

Cuando la situación se normalizase, esas ayudas se reducirían.

La idea intenta resolver uno de los problemas habituales de las políticas laborales: reaccionar cuando una crisis ya ha producido buena parte del daño.

Los trabajos más humanos pueden ganar importancia

Hay otro ángulo interesante.

OpenAI plantea reforzar actividades como cuidados infantiles, atención a mayores, educación, sanidad y servicios comunitarios como posibles destinos para trabajadores desplazados por la automatización.

La IA también entrará en estos sectores, especialmente en sus tareas administrativas, pero OpenAI considera que la relación humana seguirá siendo una parte importante del trabajo.

Aquí aparece una paradoja.

Algunos trabajos que nuestras economías han remunerado relativamente mal pueden adquirir mayor importancia precisamente porque resulta difícil sustituir la relación humana que contienen.

El problema es que trasladar trabajadores hacia estas actividades solo funcionará si existen salarios, condiciones laborales y formación suficientemente atractivos. Mover personas desde trabajos automatizados hacia empleos mal pagados no sería precisamente una transición exitosa.

Pero todavía no estamos viendo una desaparición masiva del empleo

Conviene separar estas propuestas de la evidencia disponible.

La Organización Internacional del Trabajo revisó en junio de 2026 los estudios empíricos más recientes sobre IA generativa, productividad y empleo. Su conclusión es bastante más prudente que muchas predicciones habituales.

Los aumentos de productividad existen, aunque son desiguales y no siempre están confirmados fuera de experimentos. Al mismo tiempo, el desplazamiento laboral a gran escala continúa siendo limitado.

La OIT señala que el ahorro de tiempo comunicado por los trabajadores todavía no se ha traducido de forma clara en mayores niveles agregados de producción, salarios o empleo.

Los riesgos que empiezan a aparecer están relacionados con la desigualdad, las oportunidades laborales de los trabajadores jóvenes, la autonomía y la organización del trabajo.

Esto cambia bastante la perspectiva.

Quizá el primer impacto importante de la IA no sea encontrarnos con millones de personas desempleadas simultáneamente. Puede llegar mediante pequeños cambios acumulativos en quién realiza cada tarea, cuántas personas necesita una empresa, quién accede a los puestos de entrada y cómo se reparten las ganancias de productividad.

España ofrece un buen ejemplo de esa incertidumbre

Un estudio de Funcas publicado en 2026 estima para España entre 1,7 y 2,3 millones de puestos potencialmente desplazados por la IA entre 2025 y 2035.

La cifra aislada puede resultar alarmante, pero contar solo esa parte distorsionaría el estudio.

Funcas estima también alrededor de 1,61 millones de nuevas ocupaciones vinculadas a la IA y entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores cuya productividad podría aumentar gracias a la complementariedad con estas herramientas.

Su escenario central arroja una pérdida neta aproximada de 400.000 empleos durante el periodo.

Son estimaciones, no predicciones. Dependen de supuestos sobre adopción, complementariedad, creación de nuevas actividades y capacidad de los trabajadores para cambiar de ocupación.

El dato probablemente más útil sea otro: la adopción de IA entre las empresas españolas de diez o más trabajadores pasó del 12,4% en 2023 al 21,1% en 2025.

La transición ya ha empezado, aunque todavía no sepamos dónde terminará.

Hay además un problema específicamente español: las competencias

La capacidad para cambiar de trabajo tampoco está distribuida por igual.

Otro estudio reciente de Funcas, basado en los datos de PIAAC 2023, señala una doble vulnerabilidad del mercado laboral español.

Una parte importante de la población adulta presenta niveles bajos de competencias básicas y esos trabajadores tienen una presencia elevada precisamente en ocupaciones expuestas a la automatización.

Esto introduce un problema que a veces desaparece cuando hablamos alegremente de «recualificación».

Decir que un trabajador desplazado debe formarse para otro empleo es sencillo. Conseguir que alguien con competencias básicas limitadas pueda realizar con éxito esa transición es bastante más difícil.

Por eso la discusión sobre IA y empleo debería incluir educación de adultos, orientación laboral, acreditación de competencias y políticas activas de empleo, además de formación específicamente tecnológica.

La OCDE detecta una distancia entre el debate y las políticas actuales

La OCDE publicó en julio de 2026 una revisión de las políticas relacionadas con IA y mercado laboral en los países del G7, la Unión Europea y varias economías latinoamericanas.

Encontró algo significativo.

La mayoría de los gobiernos está gestionando los efectos laborales de la IA mediante las políticas que ya existían. Las actuaciones específicamente diseñadas para la IA se concentran sobre todo en formación y adopción tecnológica.

En ámbitos como transparencia, responsabilidad, privacidad o participación de los trabajadores, las medidas todavía están desarrollándose.

Existe por tanto cierta distancia entre las propuestas que empieza a plantear OpenAI y las políticas que los gobiernos están aplicando actualmente.

Incluso OpenAI maneja varios escenarios

La propia investigación económica de OpenAI tampoco afirma que la automatización vaya a traducirse directamente en destrucción de empleo.

Su AI Jobs Transition Framework, aplicado inicialmente a 921 ocupaciones y unos 148 millones de empleos estadounidenses, clasificó aproximadamente un 18% como puestos con riesgo relativamente alto de automatización, un 24% como trabajos susceptibles de reorganizarse y un 12% como ocupaciones que podrían crecer con la IA.

El 46% restante mostraría cambios menos inmediatos.

OpenAI advierte expresamente de que estas categorías no son predicciones de cuántos puestos desaparecerán.

La diferencia es fundamental.

Una IA puede realizar muchas tareas de una profesión y, aun así, esa profesión puede continuar existiendo porque requiere responsabilidad humana, presencia física, confianza, regulación o porque la reducción del coste genera suficiente demanda adicional.

OpenAI no es un observador neutral

Todo esto exige también cierta distancia crítica.

OpenAI tiene un interés económico evidente en un futuro de rápida adopción de inteligencia artificial.

Además, el documento parte de su propia hipótesis sobre el avance hacia la superinteligencia. Esa hipótesis condiciona la magnitud de las respuestas políticas que propone.

Existe incluso una aparente contradicción interesante.

Las empresas que podrían capturar una parte importante de las ganancias económicas de la IA están empezando a plantear mecanismos para redistribuir esas mismas ganancias.

Podemos interpretarlo como responsabilidad ante los posibles efectos de la tecnología.

También podemos verlo como una forma de anticipar los problemas políticos y sociales que surgirían si una parte importante de la riqueza acabara concentrándose en unas pocas empresas.

Probablemente haya algo de ambas cosas.

Por eso estas propuestas deberían formar parte del debate público, pero no ser las empresas tecnológicas quienes definan sus términos.

El propio documento reconoce este punto y defiende que las decisiones deben pasar por instituciones democráticas y contar con gobiernos, trabajadores, empresas y sociedad civil.

El debate sobre IA y empleo puede estar demasiado centrado en contar puestos

Durante años hemos intentado responder a la misma pregunta: ¿cuántos empleos destruirá la inteligencia artificial?

Quizá sea una pregunta demasiado limitada.

Podemos terminar en un escenario donde siga existiendo mucho empleo y, sin embargo, cambien profundamente la distribución de los ingresos, la estabilidad laboral, las oportunidades de entrada para los jóvenes, el valor de determinadas competencias o la relación entre productividad y salarios.

También podemos encontrarnos con una economía que produzca mucho más con menos horas de trabajo humano.

En ese caso tendremos que decidir qué hacemos con esa productividad.

Podemos convertirla principalmente en beneficios empresariales. Podemos transformarla parcialmente en salarios. Podemos reducir jornadas. Podemos financiar servicios públicos o ampliar la propiedad del capital.

Seguramente terminaremos combinando varias de esas opciones.

Y esa decisión no vendrá incorporada en ningún modelo de inteligencia artificial.

Será política, económica y social.

Ahí está probablemente la cuestión más interesante que plantea el documento de OpenAI.

Prepararnos para la IA no consiste únicamente en enseñar a los trabajadores a utilizar nuevas herramientas. También implica preguntarnos si las instituciones construidas alrededor del empleo durante el siglo XX seguirán funcionando si la relación entre trabajo, productividad y creación de riqueza cambia durante el XXI.

Todavía no sabemos si esa transformación será tan profunda como anticipa OpenAI.

Pero esperar a tener la respuesta definitiva tampoco parece una buena política laboral.

Fuentes

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